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Los tres directivos y la crisis feroz

Érase una vez tres directivos que decidieron poner en marcha un negocio. Cada uno tenía sus ideas sobre cómo hacerlo, cada uno tenía su propio concepto de lo importante y lo trivial, y cada uno tenía una capacidad de compromiso y trabajo diferente.

Así que pronto se separaron y cada uno se propuso realizar el proyecto a su manera. El primero, oportunista y amante de los negocios rápidos, decidió construirlo con escasa estructura, personal económico y mínimas inversiones. El segundo, gustoso de la imagen y las apariencias, se concentró en vestir adecuadamente la imagen externa del negocio. Preparó unos cuidados folletos y vistosas oficinas para dar sensación de poderío, pero detrás de eso no había mucho más que en el primer caso. El tercer directivo se propuso crear una empresa sólida, con fuertes estructuras, con un gran compromiso de calidad, con una cultura y valores auténticos, con personal de buen nivel y empezando poco a poco, pero con visión de empresa grande y seria desde el principio.

El primero montó su negocio en unos días, y pronto obtuvo los primeros ingresos. Sus bajos precios atrajeron rápido a la clientela, y su mediocre servicio quedaba oculto por la alta rotación de clientes. El segundo tardó algo más, pero también empezó a ver beneficios tras las primeras semanas. Su excelente imagen fue capaz de captar diversos proyectos importantes que comenzaron a dar pingües beneficios en los trabajos iniciales. El tercero, desde su humildad, re-invertía lo poco que iba obteniendo en mejorar y consolidad su negocio. Su cuidado del cliente y su obsesión por la calidad de servicio retrasaban su capacidad para dar beneficios, y además debía padecer la burla de sus antiguos compañeros, que se pavoneaban ante él mostrando sus primeras riquezas.

Pero llegó una crisis feroz que azotó duramente al sector. Cuando alcanzó a la primera empresa no tuvo más que dejar sentir su aliento para que se desmoronara. Ante la falta de clientela fija, el vaivén de los malos vientos desmoronó enseguida el negocio, arruinando al directivo. Cuando llegó al segundo, sus clientes empezaban a estar cansados de los retrasos en el cumplimiento de compromisos. Su incapacidad para sacar adelante los proyectos que asumió se volvió en su contra, y pronto su imagen quedó en entredicho para acabar sucumbiendo ante las reducciones de pedidos que trajo consigo la crisis. Ambos, desesperados por su mala suerte, acudieron a pedir ayuda al tercero. El alto prestigio logrado entre su clientela, ganado a base de esfuerzo y calidad, le sustentaba en esos tiempos de penuria, y lejos de verse perjudicado, sus valores empresariales convertían la tempestad en oportunidades para abrir nuevos contactos con clientes escarmentados. Fue capaz de burlar los devastadores soplidos de la feroz crisis con pocos años, y remontar más fuerte y vigoroso cuando regresaron los buenos tiempos.

Un día recibió la visita de sus viejos compañeros y escuchó paciente sus penas y males. Cuando acabaron de lamentarse les dijo:

– Amigos míos, se recoge lo que se siembra, y siempre han de venir malos tiempos, pues todo año tiene su invierno. La recompensa del logro duradero está al alcance de todos y sólo los necios desaprovechan, por su ansia, la oportunidad que brinda cada hoy para crear el éxito de mañana. La única ayuda que puedo daros es invitaros a la superación, a trabajar más y gestionar mejor, a entender que la calidad de producto y servicio, así como unos precios justos que garanticen la rentabilidad, son el camino del éxito a largo plazo. Los atajos y engaños sólo conducen al fracaso. Id e intentadlo de nuevo, pues en vosotros está el alcanzar el triunfo, pero si no cambiáis, de poco servirán las ayudas económicas, pues no harían más que retrasar la caída, y provocar un agujero aún mayor.

Dicho esto les acompañó hasta la puerta y deseándoles buenaventura, retornó a sus quehaceres, que eran muchos, pues debía atender múltiples nuevos pedidos, surgidos por la recomendación entusiasta de varios de sus clientes.

Autor: Paco Muro

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